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martes, 8 de mayo de 2012

UN ORIGEN CIERTO





La escritura de Pierre Michon (Cards, 1945), está caracterizada por la precisión milimétrica de sus palabras, por el ritmo inusual de un riguroso lenguaje y la belleza de una realidad propia. En este caso nos vuelve a sorprender con la publicación de El origen del mundo, una novela, como es habitual en el escritor francés, breve pero intensa, de una concisión asombrosa. Arranca el relato con la llegada de un joven profesor a una cuidad de la Dordoña francesa. Lo que en principio parece un  hecho nimio, lo convierte Michon en un compendio de literatura con mayúscula, en un ejercicio de seductora poesía. Pronto se nos desvela el febril deseo que el protagonista siente por Yvonne, la mujer que atiende el estanco, y en la que el autor vuelca la lujuria  y el amor con pasajes memorables que permanecerán en la memoria del lector. Sirva como ejemplo el fragmento en que se describe la primera vez que el joven se encuentra cara a cara con la estanquera: No creo en las bellezas que se van revelando poco a poco, a poco que nos las inventemos; sólo me importan las apariciones. Ésta me puso al instante pensamientos abominables en la sangre. Decir que era un bocado soberbio es poco. Era alta y blanca, era leche.



El poder de la imaginación de Michon se nutre de su propio universo, fértil y estético, de una sensualidad evocadora que encarna, al igual que el origen del mundo, la evidencia de que una nueva forma de narrar es posible. Esa forma en que los deseos, el placer y la condición humana se desnudan sin pudor para mostrarnos el poder de la ficción o, de qué manera, la propia ficción representa la fascinante sensación de estar vivos.

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