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lunes, 7 de mayo de 2012

UN NIÑO LLAMADO TRANSTRÖMER




No sé por qué motivo, capricho o sugestión interna, me he resistido tanto tiempo a la lectura de los textos de Tomas Tranströmer (Estocolmo 1931). Me he adentrado en Visión de la memoria, su autobiografía de infancia y juventud, un texto repleto de belleza que en algo más de sesenta páginas desbroza sus primero años, su relaciones escolares con compañeros y profesores, con sus padres y, sobre todo, consigo mismo, con sus miedos, esperanzas, e inquietudes. En este breve recorrido podemos encontrar las primeras claves de su escritura, de la búsqueda que Tranströmer ha emprendido a través de la literatura. Como si tirara de la tanza invisible de la memoria, el autor sueco pesca en sus recuerdos con la meticulosidad de la clarividencia, con la paciencia de un alquimista que reconoce en su hacer la verdad inquebrantable de su propia vida. Una autobiografía lírica y poética, una evocadora sugestión de los descubrimientos que van conformando sus pasiones: los museos, la antropología o la música.




Un texto lleno de lucidez y ética reflexión; un libro que, como el silencio meditativo de los grandes autores, va llenando el espacio con la experiencia y la fuerza del lenguaje, con una elegancia que se convierte en esencial, que trasciende de las hojas con el murmullo de quien razona su propia vida y lo hace por el escenario de la realidad. Una obra, en definitiva, personal, que no huye de cierto conflicto interior, sino que, bien al contrario, lo desmenuza con la lucidez del maestro.
Con toda probabilidad sea el propio escritor quien mejor defina su obra: "Dentro de mí llevo mis rostros anteriores, como un árbol lleva los anillos de la edad. Es la suma de ellos lo que es yo"


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