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miércoles, 22 de febrero de 2012

SILBANDO ENTRE PUPITRES



Estamos ante un relato de esos que nos congracian con la buena literatura, perfecto para descansar de otras lecturas más densas. La belleza, la entrañable prosa del autor, Ivan Doig (Montana, 1939), hacen de Una temporada para silbar un ejercicio de memoria fascinante y evocador. Paul Milliron, el protagonista y narrador, vuelve a su pueblo natal con el cometido de cerrar esas antiguas escuelas unitarias, es decir, las escuelas de un único profesor y una sola aula, donde alumnos de todas las edades comparten espacio y aprendizaje. Esto desata sus recuerdos de niñez en un torbellino incesante. Paul recorre, en un viaje circular, los lugares reales de su infancia, pero, a su vez, e inevitablemente, el recorrido le lleva a esas otras latitudes más recónditas y personales, a su memoria de niño, a sus hermanos y a su padre, y al hecho que centra la narración: el día que el padre (viudo) decide contratar a una mujer como ama de llaves. El anuncio del periódico es sublime, “No cocina, pero tampoco muerde”. La llegada al pueblo de la señora Rose Llewellyn, a la que acompaña su “hermano” Morris, causará una revolución en los habitantes de la tranquila localidad de Marias Coulee, aunque es al joven Paul a quien esta aparición marcará definitivamente. No está exenta la novela de un halo de misterio, no obstante que la figura de Morris, un dandi que acaba dando clases en la escuela, acabará siendo otra cosa de la que en principio se ha pensado.



Acierta, otra vez, Libros del Asteroide, en su depurada y cuidada selección de títulos con esta novela de valores, que supone una terapia en estos tiempos de negación humana. Un relato que se nos queda prendido en la memoria, tanto, que le leí hace algunos meses y aún tengo rondándome la cabeza a todos estos personajes deliciosos y tiernos, toda la recreación que Ivan Doig hace de las cosas que al final merecen la pena y conforman el verdadero sentido del hombre.

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